sábado, 19 de abril de 2025

NOS QUIEREN SUMISAS

 A las malas mujeres no sólo les ocurren anécdotas divertidas, sean realmente así o sean producto de su exacerbado sarcasmo; también se encuentran con golpes, con la vida que se les echa encima y condicionan su transcurrir y sus decisiones año tras año. 15, 20, 25 y siguen sumando años y aumentan los dependientes. Se mantienen gracias a un irónico sentido del humor; pero, a veces, no es suficiente. ¿Cuándo no es suficiente? Cuando te das cuenta de que te quieren sumisa. 

El actual movimiento feminista nos quiere sumisas, víctimas, necesitadas del apoyo de su movimiento. Para las que luchan queda la condena porque no se pliegan, porque son capaces de pensar, de sentir empatía. Pueden sacar adelante no sólo a sus hijos, sino encargarse de un tío soltero, de una madre, de un hermano y lo hace sin apoyo de la caterva reinante que lo que busca es el odio al semejante, al hombre, aunque esté desvalido, pisoteado y oprimido. Aquella mujer que se atreve a ayudar a su semejante se ve condenada al ostracismo, al abandono tanto social como administrativo. Mientras que aquellas que acusan al hombre de todos sus males reciben el parabién de la administración. 

Sí, siempre he sido una mala mujer y sigo siéndolo. Para mí ser mala significa haber cuidado a un tío demente, herencia de mi padre muerto por dejadez administrativa; lo cuidé hasta que tuve que ir sola a enterrar sus cenizas donde, supuse, quería estar. Atender a mi madre, loca de atar (porque atada estuvo en el hospital), junto a mi hermano y cuyo único patrimonio era la vivienda donde convivía con su hijo que acabó descentrado y superado y al final discapacitado. 

Obligada por la soledad a llevarla a una residencia, pagando la pensión y una deuda que se generaba sobre la vivienda; la creciente deuda y su deterioro me ha llevado a tomar la determinación de venderla y pedir autorización al Juzgado con lo que conlleva de trámites, de ser juzgada previamente como malintencionada y dejar a mi hermano sin casa. Recoger a mi hermano en mi minúsculo piso de dos habitaciones junto a mis dos hijos, cobijado en la esquina de mi salita: lograr alquilar un piso para él, pagando yo gran parte, ya que son muy caros y esperar que algún lejano día le toque, por casualidad o equivocación, un piso social. 

Mientras tú, como mujer, sigues luchando. Aprobando una nueva oposición y aceptando el puesto para pagar el piso de tu hermano, aunque presientas que va a ir en contra de tu ética periodística (crucemos los dedos); cuidando a mis hijos y enseñándoles que hay que ser fuertes porque los políticos y el movimiento feminista actual no está para mejorar la vida de la gente, está para mejorar la vida de “unas pocas mujeres” entre las que no están aquellas que luchan, trabajan, están solas y son sensibles a la desgracia.


Lo importante es que denuncies a un hombre, no que demuestres tu valor; que denuncies, no que necesites ayuda; que denuncies a un hombre, no que denuncies a la administración por dejarte sola cuidando a tres dependientes uno tras otro, vendiendo el único patrimonio, que suelen llamar derecho, dejando sin hogar a tu hermano discapacitado por imperativo administrativo. Que denuncies a un hombre; el problema es que no tengo hombre al que denunciar, señoras, quizás a ustedes por dejarme sola luchando. 

Pero seguiré manteniendo mi espada en alto y mi humanidad frente a su odio. Sí, seguiré siendo una mala mujer. Y me reiré, aunque sea en la esquela que anuncie mi muerte, cuando toda esta caterva consiga llevarme a la tumba ¡Qué les vaya bien, señoras vividoras de las que trabajan por un mundo mejor y más humano!