La muerte de una mujer de 86 años en Asturias a manos de su marido de 90 engrosa, de nuevo, las cifras de mujeres muertas por violencia machista. Y, sin embargo, podría no serlo, sólo haría falta plantearse posibilidades.
SE empeñan en esconder otros dramas que veo en esa
situación. La mujer sufría de deterioro cognitivo, su marido tenía 90 años y,
al parecer, en plenas facultades decidió que no podía vivir así.
¿Y si tenía razón el hombre? Pero los políticos no lo
quieren ver; están más cómodos uniéndose a las consignas idealistas de unos y
otros grupos, desatendiendo a la sociedad y al
respeto genérico humano. No quieren destapar la caja de pandora y
señalar el grave problema que amenaza a las generaciones que vienen: la carga
de personas mayores que con el aumento de la esperanza de vida podrán sufrir
deterioro cognitivo. Tendremos más viejos locos y menos jóvenes y más
estresados por tener que trabajar y cuidar a hijos (si se atreven a tenerlos),
padres o familiares. Un cataclismo social. Pero es mejor esconderlo tras una
ilusión de prosperidad inmediata. Ya lo solventarán los que vengan, pero será
tarde y habrá explotado. Mientras tanto se calcula que los jóvenes de hoy se
jubilarán a los 71 años, pero como ya estaremos muertos, no nos importa.
Vivimos una irrealidad provocada por el buenismo, una
sensación de prosperidad; los que pueden, porque la pobreza aumenta. Mientras
los datos macroeconómicos les den la holgura necesaria, poco importa lo que
subyace.
Una sociedad que no cuida a sus jóvenes, que no piensa en
ellos, que los juzga, es una sociedad enferma, condenada.
Quizás ese señor de 90 años comprendió que era necesario
irse, que no quería ser una carga. Quizás me equivoque con él, pero la que
suscribe lo tiene muy claro, no seré una carga. Y el problema está y el que no lo quiere ver es que no le
interesa y será por algo.
El Ministro Bustinduy ya lo vio, no quería macroresidencias,
como las que se van a necesitar, quería que los mayores se quedaran en sus
casas al cuidado de familiares, posiblemente hijos o nietos que, por otro lado,
no tienen otro lugar donde vivir. Así los jóvenes estresados estarán muy
ocupados para rebelarse y así podrán seguirla senda de la sumisión que, desde
hace años, impera en esta sociedad. Y SEREMOS SOMBRAS.

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