Las malas mujeres no damos importancia a los dolores o
problemas de los niños. Mi hija sabe muy bien que cuando le duele algo voy a
decirle que es por crecimiento. Y así ocurrió que, hacia primeros de julio,
empezó diciendo que tenía un dolor en el pecho y le costaba respirar. No la
veía mal, de pequeña ya había tenido eso, problemas de respiración que le
llevaron a usar ventolin. Decidí crecimiento. Se le pasó. Tuvo varios episodios
más hasta que hace una semana me decidí a pedir una consulta. Ilusa. No cogían
el teléfono en el centro de salud. Me fui allí. Me dijeron que no había
pediatra, que fuera al otro centro que tenía urgencias. Pregunté si estaba
abierto, dijeron que sí. Me voy allí y me dicen que nada, que allí no me atienden
y en las urgencias de ese centro no hay pediatra, que al hospital. Pues para
allá que me voy. Ninguna de las dos vamos con ganas. Pero ya puestas, vamos a
probar y la verdad que nos lo pasamos genial.
Llegamos. Yo estaba algo despistada. En información, cerrada
la administrativa a cal y canto, me preguntó qué le pasaba. Al decir algo de la
respiración, ni me atendió. Yo allí diciendo que era algo que tenía desde
pequeña, pero nada. Vino otra señorita, nos pasaron a una sala nueva, de
pediatría (desconocida para mí, dado mi propensión al diagnóstico acelerado). Y
allí, las dos encerradas entre cuatro paredes, empezamos a pensar en irnos.
Pero mi hija me preguntó si no tenía claustrofobia, a lo que yo enseguida
apunté que sí. Daba vueltas por la sala imaginando cosas, hasta que pasadas más
de media hora, aparecieron en una pantalla de la sala unas letras Leo 11. Yo le
digo, venga nos toca. Ella, precavida,”mamá que es para Leo de 11 años”. Y yo, “tú
ves a alguien más aquí, venga vamos”. Salimos y como yo desconocía la nueva
configuración de urgencias del hospital (no me gusta ir), me fui para la puerta
donde se entra a las consultas generales. Claro allí que mi hija lee “acceso
restringido” y se me planta y me dice “no entro, pone acceso restringido”, y yo
“que entres que es por aquí” (al menos hace años así era). Consigo que entre
con la consiguiente algarabía. Nos habían señalado la sala 2, pero la puerta de
la sala estaba cerrada. Las dos allí mirándonos y mi hija “acceso restringido”.
Menos mal que un celador vino en nuestra ayuda y nos preguntó qué buscábamos.
Ahí fue lo mejor, porque fue mi hija quien, tomando las riendas de la
situación, empezó a hablar señalando al celador que en la sala su madre se
había empeñado en venir cuando habían llamado a Leo 11 y ella tenía 10 años y
que su madre bla, bla, bla.

Imagínense mi cara de niña pequeña oyendo a mi hija
hablar con el celador sin posibilidad de meter baza. Lo intenté, pero el
celador nos cortó con una pregunta “Y el papel?”. A lo que ambas respondimos con
cara de asombro mirándonos “¿Qué papel?”. A ver, nos dijo, tenéis que tener un
número que os dan en recepción. Nos volvimos a mirar. Pues no lo teníamos. Nos cogió,
nos sacó fuera. Se dirigió a la señorita primera que nos había atendido con
miedo, detrás de un grueso cristal y le dijo “Y el papel de estas señoritas”.
Al final, sacó el papel que no nos había entregado. Ponía Le011. Nos dijo el
celador que era el número asignado para siempre. Al final, nos llevó a la sala
2. Entramos y allí estaba el pediatra. Muy simpático, por cierto. No era nada.
Cosa de usar un medicamento para rinitis alérgica (que la tiene). Cuando
salimos nos indicó que saliésemos por otra puerta ¡Puñetas, la puerta daba al
pasillo de la sala de espera donde estábamos! Pero, ¡cómo lo iba a saber si no
vamos habitualmente a urgencias! Al final tenía razón mi hija, no era por allí,
pero la aventura y las risas que nos echamos en el coche pensando en el celador
escuchando a mi hija, mientras, yo, su madre, andaba con su típico despiste. Fue
memorable.