Puerta, del latín porta. Jano el dios que guarda las puertas
de entrada y salida. Pues el puñetero Jano se ceba conmigo. Nunca atino a abrir
las puertas de los establecimientos de la forma adecuada o peor aún, me estampo
directamente con ellas. Hay puertas que se empujan, que se tiran (hacia dónde),
que se abren solas, acristaladas y bien limpias, las muy traicioneras. Con
estas últimas tuve mi gran altercado. Fue en Madrid, cuando estaba en la
Universidad, haciendo no sé qué. Entraba a un Ministerio, de cuyo nombre no
quiero acordarme, con una puerta acristalada inmensa y reluciente, en forma de
medio cubo, que se abría hacia por ambos lados y el frente estaba cerrado. Al
entrar ningún problema, vi a la gente
pasar. Pero al salir, decidida, habiendo cumplido mi misión, directamente me
fui contra los cristales del centro que, por supuesto no se abrieron. Acabé en
el suelo del castañazo y no les cuento las miradas del respetable. Para qué las
limpiarán tanto.
La última, ayer, entrando a una aseguradora. Prevenida de mi
incapacidad o de mi guerra contra las puertas, logré adivinar cómo se abría,
hacia fuera; sonreí satisfecha; segura ya de mí misma, me lancé sin
contemplaciones y me estampé con la hoja que quedaba cerrada. Si es que cuando
las puertas te dan en las narices…. Para mirárselo.
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